¿Te han contado alguna vez que Napoleón Bonaparte era extremadamente bajo? Es uno de los mitos históricos más repetidos en libros de texto, conversaciones informales y, por supuesto, en internet.
Pero no, Napoleón no medía 1,40 metros.
En realidad, su estatura rondaba el 1,68 – 1,70 m, una altura perfectamente normal —e incluso ligeramente superior a la media masculina de finales del siglo XVIII en Europa—.
Entonces… ¿de dónde salió la leyenda del Napoleón “bajito”?

El error de traducción que creó un mito histórico
El origen del mito está en una confusión de medidas.
Tras su muerte en 1821, los registros indicaron que medía 5 pies y 2 pulgadas franceses. El problema es que el pie francés no equivalía al pie inglés.
Cuando los británicos tradujeron la cifra usando su propio sistema de medidas, interpretaron incorrectamente la equivalencia y el resultado fue una altura de aproximadamente 1,57 m. Con el tiempo, la cifra se redujo aún más en la cultura popular hasta llegar al famoso “1,40 m”.
A esto se sumó la propaganda británica de la época, que caricaturizaba a Napoleón como un hombre pequeño para ridiculizarlo políticamente. Y así nació el mito.
¿Por qué es importante el rigor histórico en el turismo cultural?
Viajar no es solo desplazarse. Es comprender el contexto, las personas y los hechos que han dado forma a un lugar.
Cuando un visitante escucha una explicación basada en mitos:
- Se simplifica la historia.
- Se perpetúan errores.
- Se pierde profundidad cultural.
En cambio, cuando la información está contrastada:
- La experiencia es más enriquecedora.
- Se comprende mejor el patrimonio.
- Se conecta con la historia real, no con versiones distorsionadas.

Rigor frente al mito: la diferencia está en las fuentes
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Divulgación con pasión: Desmontar leyendas urbanas no es “quitarle magia” a la historia. Al contrario: la historia real suele ser mucho más fascinante que la inventada.
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Turismo inteligente: viajar con datos, no con mitos
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Porque entender un monumento, una batalla o una plaza histórica va mucho más allá de escuchar una anécdota llamativa.
Significa comprender el pasado con rigor.
